Tejiendo redes para articular la unidad en la diversidad.
El desafío político y cultural está en construir la unidad en la diversidad, superando la fragmentación y apostando a un nuevo bloque social, capaz de plantear nuevas opciones. Esto significa fortalecer las redes, articular experiencias distintas, potenciar el protagonismo de las poblaciones, contribuir efectivamente a formas de democracia con participación popular y ciudadanía. Ante la globalización del capital, hay que globalizar las respuestas, promoviendo la contraofensiva de los movimientos y la participación de nuevos sujetos sociales. Hoy asistimos a interesantes experiencias de poder local donde la gente ejerce su protagonismo. Sin embargo, si estas experiencias se reducen sólo a lo local, terminan siendo funcionales a la lógica neoliberal. Se constituyen en islas innovadoras pero sin capacidad de proyección, dispersando poderes. El desafío está en la intencionalidad política de la construcción de la unidad y de la proyección global.
Es preciso avanzar tejiendo vínculos, escuchando y haciéndonos oír en una búsqueda constante de formas de articular, de organizar, reinventando el poder a partir de la pregunta. Buscar la coexistencia de dimensiones múltiples que permitan articular sin superar las diferencias específicas, pero a la vez, evitando que las diversidades degeneren en divisiones y parálisis: articularnos como pluralidad de sujetos.
La construcción de una democracia radical.
Nos enfrentamos al desafío de construir una democracia integral potenciando una ciudadanía crítica, espacios públicos e instrumentando políticas basadas en la igualdad social, la justicia y en el desarrollo de una cultura que lucha contra todas las formas de dominación y exclusión. Necesitamos de una concepción alternativa que haga del enfrentamiento a la injusticia, el eje central de su contenido. No hay democracia auténtica sin la participación efectiva de la ciudadanía, en especial de los sectores populares y de sus organizaciones. Una democracia que impulsa formas de participación, control, gestión y distribución del poder, debe oponerse, tanto al proyecto neoliberal imperante, como a las formas de pretendida democracia política, donde el componente sistémico predomina sobre la iniciativa y ejercicio del poder por los actores sociales. Democracia radical significa fortalecimiento de espacio público no estatal y articulación entre formas representativas y formas de democracia directa.
Pedagogía del poder. Construcción de ciudadanía
Los procesos de construcción de poder se transforman en posibilidades de procesos pedagógicos. Por constituir el poder una red de estrategias, de tácticas, de multiplicidades de discursos dominantes y saberes sometidos, puede configurar un espacio de aprendizajes y desaprendizajes, de despliegue de lo instituyente y de recreación de lo instituido. La pedagogía del poder enfrenta una cultura autoritaria, caracterizada por depositar la ciudadanía en los expertos, técnicos y políticos. Una democracia integral,con fuerte base territorial y en los movimientos sociales, se vuelve escenario privilegiado para la educación popular y el desarrollo de poder local popular. Son democracias que estimulan procesos de aprendizaje y de articulación entre las visiones sectoriales y las decisiones globales. La educación popular se articula con la vida cotidiana, con las historias de vida, con la construcción de identidades y con la memoria colectiva en la comunidad para, desde allí, percibir la viabilidad del cambio a partir de prácticas de transformación.
La educación popular tiene el desafío de realizar un proceso pedagógico de construcción de ciudadanía interviniendo en los procesos de participación, generando formas nuevas en el ejercicio del poder por parte de los vecinos, una efectiva aplicación del principio de justicia que da prioridad clara a los más postergados, un manejo pedagógico de los conflictos, aportando a la construcción de una democracia radical. La apuesta de la educación popular es profundizar sin vacilaciones los espacios de poder de la ciudadanía y en especial de las organizaciones populares y de los sectores más postergados de la sociedad, evitando toda forma de cooptación por parte del aparato institucional, toda forma de subordinación político partidaria.
Resulta adecuado hablar de una ética del poder, en la medida en que se requieren nuevas actitudes, nuevas identidades, una nueva subjetividad, nuevos estilos de relación y una manera de entender el poder como servicio y del poder sustentado en los sujetos populares. Una ética basada en la solidaridad, en la justicia social, en el desarrollo de capacidades; una ética que opere en forma contrahegemónica, sea frente a una ética débil –consustancial a la fragmentación postmoderna– sea frente a los modelos neoliberales, para nada fragmentarios.
La búsqueda, que necesariamente debe ser rigurosa y creativa, está guiada por la convicción de que la cuestión del poder sigue hoy más vigente que nunca, si bien se plantea en términos distintos y novedosos. La apuesta sigue siendo fortalecer el poder de los sectores populares, precisamente en una etapa histórica en que los modelos vigentes multiplican las formas y niveles de exclusión.

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